Utopía sin ruedas
Hola, ¿cómo estás?
Te pido perdón por la demora, pero ando engripado. No me podía sentar en la compu del dolor de cabeza. Serás compensado este finde con una entrega sobre mate.
Días atrás conversábamos en la Biblioteca de mi pueblo (así, con mayúsculas) sobre las estrategias para fomentar la lectura. Todo surgió porque se realizó una suelta de libros (ya es la segunda en los últimos meses) con el objetivo de acercar ejemplares a las personas que no son socias. Se dejan en puntos estratégicos de la ciudad y quien pasa y los encuentra se los lleva. Vienen con una consigna en la primera hoja para que lean y hagan circular el libro.
Cuestión que esto se hizo el fin de semana y el lunes se presenta un joven ante el bibliotecario, a la hora de apertura, con una bolsa en la mano. Tenía un libro adentro que venía a devolver.
—Lo encontró mi papá en la Plaza y me mandó a que lo traiga —explicó.
Obvio que esto no lo cuento para burlarme de ellos, ni mucho menos. Pero nótese en qué situación estamos para que dos personas adultas hayan obviado leer la consigna y no hayan tenido siquiera el impulso de “robarlo”, aunque sea por un tiempo.
Farenheit de cartón
Salto unos diez años para atrás. Trabajaba en una escuela y estaba en marcha un Plan Nacional de Lectura. Recuerdo que llegaron unas cajas que tenían más de un libro por alumno. Estaban clasificadas por niveles (primario y secundario) y contenían cuentos y poesías de autoras y autores latinoamericanos. Cuando fue momento de repartirlos, la directora decidió dar marcha atrás. Sus argumentos iban desde el robo hasta que los iban a usar para hacer fuego. Terminó convenciendo a un grupo con el argumento de que “no sabía si iban a seguir mandando”. Reconozco que en esto último tenía razón, pero no la justifico.
A mí me dio mucha rabia en ese momento, pero no quiero plantearlo desde la moralina vigilante. Tampoco estoy responsabilizando a los ciudadanos de a pie por la regresión cultural que venimos experimentando. Pero no puede sorprendernos que las nuevas generaciones pasen horas y horas de su vida frente a las pantallas si les hemos negado (por acción u omisión) el placer de la lectura en papel. Y cuando digo omisión me pongo el poncho o el sayo, y me hago cargo de que no me tomé el tiempo que debería para compartir eso con mi hija.
Un debate abierto
A principios de este año, al grupo de WhatsApp de madres y padres de la escuela secundaria de mi hija nos llegó una encuesta. Era para regular el uso de los celulares. A mí me dio una gran alegría porque sentía que la escuela nos estaba ayudando con algo que no podíamos resolver los adultos solos. Hablo en general, no sólo de mi casa. Les di autorización para que regulen todo lo que quieran y, según comentaron algunos docentes, en los recreos se volvieron a sentir los gritos de los estudiantes. Como en la era predigital.
Esto no fue una decisión aislada. De hecho, en mi provincia el año pasado se presentó un proyecto de ley para prohibirlos. Todavía no se reglamentó, pero está en discusión.
Los resultados de un documento de la UNESCO de hace un par de años son elocuentes. Citan un estudio que explica que los adolescentes con un celular y las notificaciones sonando “pueden tardar hasta 20 minutos en volver a concentrarse en lo que estaban aprendiendo una vez distraídos”. En relación con la privacidad, señala que más del noventa por ciento de los gobiernos que fomentaron educación en línea para niños “fomentaron usos que ponían en riesgo o infringían sus derechos”. También hay una brecha de género y de clase. Latinoamérica es la región con menos restricciones para sus estudiantes.
En definitiva, el documento sostiene que los celulares sólo tienen que estar en el aula cuando cumplen una verdadera función pedagógica.
Un inflador emocional
Hasta ahí todo bien con el diagnóstico, me podrás decir, pero ¿qué hacemos? Cuando conversamos con la gente de la Biblioteca, u otras personas “del palo”, siempre les digo que para mí habrá alguna forma de vuelta a lo analógico. Al papel, a lo artesanal. Porque no puede ser que esté tan claro el problema y no le podamos encontrar una solución. Sé muy bien que hay intereses creados, pero imperios más grandes han caído antes que este.
Hice un ranking de cantidad de lectores por país (porque la cantidad de libros leídos puede ser engañosa: si vos leíste dos y yo ninguno, para la estadística leímos uno cada uno). Es decir, porcentaje de la población que leyó por lo menos un libro en el año. Descarté la cantidad de horas de lectura por día porque, en esa estadística, los países con fuerte religiosidad (India, China, Egipto) aparecen encabezando. Pero me permito suponer —con el riesgo de caer en un prejuicio— que siempre leen los mismos libros.
También quise indagar las razones de esta desigualdad. Nótese que el primero (Francia) registra un 92% de lectores y el decimoctavo (Argentina), un 44,2%. Hay un par de razones que son evidentes (nivel socioeconómico y educativo), pero otras no tanto. Por ejemplo, tanto en Francia como en Finlandia la escuela tiene horarios específicos destinados a la lectura por placer y fomenta la formación de clubes de lectura. Estoy cansado de que mi hija rezongue por los libros que lee por obligación y nunca le den a elegir uno a su gusto dentro de la escuela. Hace un par de años agregaron una hora de clases y, en vez de ocuparla en algo innovador, aumentaron la presión y el cansancio.
Dejo dos destacadas para el final. Parece una pavada, pero varios de los países que encabezan aplican subsidios a los bienes culturales, lo que los vuelve accesibles. Una casa en la que no hay libros difícilmente engendre nuevos lectores. Y para compensar esa falta, otro dato importante es la red de bibliotecas que haya en una ciudad. Ahora bien, para que este sueño de la vuelta al papel que me he planteado tenga asidero, las bibliotecas deben parecerse menos a un museo y más a un plato volador.
Me despido con unas imágenes de la Biblioteca Central de Helsinki para ilustrar esa idea.
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